La vida milagrosa de J. G. Ballard

24 de Septiembre de 2008

A mediados de 2006, una resonancia magnética le confirmó a J. G. Ballard que su próstata se había estrellado, de frente y sin cinturón, contra un cáncer, algo que sospechaba tras un año de dolores camuflados en molestias propias de su edad, 76 años por entonces. Daños colaterales: los huesos conquistados por la degeneración y un temor a la muerte en estado avanzado. Pero cuando llega la esperanza de llevar una vida de total normalidad, el autor de Crash obtuvo las fuerzas para mirar atrás y sentarse de nuevo a escribir, su autobiografía, que acaba de aparecer en español con el título Milagros de vida (Mondadori).


Considerado a estas alturas no sólo el autor de ciencia ficción más influyente, sino uno de los escritores británicos de mayor prestigio, Ballard comienza estas memorias con los años vividos en el Shanghai que dejaría sin salida a miles de europeos durante la II Guerra Mundial. O más exactamente, con ese campo de prisioneros en Lunghua donde pasó con sus padres un par de años y del que ya había hablado en su novela El imperio del sol (1984). En aquella ocasión fue necesario mezclar sus experiencias y recuerdos con los pasajes ficticios de un huérfano Jim que saltaba de la infancia a la adolescencia entre el escándalo de la guerra. Ahora la mirada de Ballard vuelve a ese escenario para recordarlo sin una gota de ficción, pero también sin acritud, algo extraño para quien escribió los impactantes textos de La exhibición de atrocidades.

Milagros de vida (Mondadori)

Tal como lo cuenta en este Milagros de vida, pareciera que su misión como escritor consistiese en lanzar ataques continuos contra la realidad y esa sociedad de los 60 y 70 de cambios veloces. Y es esta la parte más interesante, donde recuerda cómo se vivía entonces y cómo concebía él la literatura: “la ciencia estaba cambiando el mundo. Cuando me preguntaban cuál era mi política, contestaba: deshacerme de la poesía”. Así que con relatos que planificaban asesinar a Jacqueline Kennedy, con concursos de textos escritos bajo los efectos de las drogas, conferencias científicas con chicas en topless y presentaciones de libros entre la chatarra de coches destrozados, James Graham Ballard fue sembrando, con atentados literarios, la provocación entre sus grises vecinos.

Aunque es cierto su que espíritu provocador tuvo que convivir con una vida apacible y familiar. No oculta, ni disfraza Ballard que su mayor ocupación fue durante años hacer compatibles su carrera de escritor full time, la afición sincera al whisky con soda y criar a sus tres hijos. Unos recuerdos tranquilos, alejados de la imagen transgresora que se pudiera tener. Pretende evocarlo todo ahora este libro, como también recordar a sus pocos amigos escritores (Moorcock, Amis) y sus coqueteos con el cine (Cronenberg, Spielberg, la Hammer). Pero sobre todo, Milagros de vida es un último repaso al siglo que de manera tan lúcida describió (y vaticinó) en sus novelas. Es el momento de volver a ellas, por si ya no hubiera más.

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