‘Visto para sentencia’, de Rafael Reig

10 de mayo de 2008

El Reig más imprudente y arriesgado.

‘Visto para sentencia’ no tiene intereses creados, sólo hay pelos y señales.

reig

Rafael Reig
Artículos
Editorial Caballo de Troya
Páginas 272 Precio 12,90€

Lo que no mata engorda. ¿Quién sabe cómo clasificar este libro? ¿A quién le importa? Lo que cuenta es que levantará ampollas, y que con las sentencias sobre los ilustres escritores las risas están garantizadas.

En síntesis
Durante un año, Rafael Reig colaboró con el suplemento ‘El cultural’, para el que redactaba sentencias y condenas que mandaron al patíbulo a decenas de imputados, casi todos relacionados con el mundo del libro y casi todos bien valorados por la crítica. Decía en ellos lo que pocos se atreven a decir, aquello de lo que más de uno se queja pero sólo insinúa por miedo a las posibles represalias, o incluso lo que no por haber sido dicho ya hay que dejar de repetir.

La cita

«Que debo condenar y condeno a D. Juan [Goytisolo], como autor de un delito de paranoia flatulenta, con la agravante de reincidencia latosa»

El autor
Rafael Reig (por casualidad Cangas de Onís, 1963) se descubrió como un autor sin pelos en la lengua mucho antes de su último éxito: Manual de Literatura para caníbales, que ponía patas arriba toda la lectura de la evolución literaria en España. Pero además de crítico mordaz (y defensor atinado de sus propios y reconocidos prejuicios), Reig es un valioso autor como ha demostrado con novelas como Guapa de cara, Autobiografía de Marilyn Monroe o Sangre a borbotones. A diario, responde a los lectores desde las páginas de Público.

Comentario
Confiesa Reig en prólogo a este libro que los artículos están escritos desde una posición privilegiada: la del bufón o la del resentido, allá cada cual con la etiqueta que le quiera colgar, porque sería fácil neutralizar a alguien así, dice, ningunearlo. Niega que fuera valor lo que hubiera podido mostrar con estas críticas y acusaciones literarias. Lo que quería no era aparecer como valiente, sino no callar lo que otros callan. Y sin entrar en si le sobra o le falta arrojo, lo cierto es que algunas de las verdades soltadas por su boca tienen tela.
Es capaz de arremeter con verdadera violencia contra la cursilería, el papanatismo y el afán de notoriedad de algunos (sus «tres tenores»: Fuentes, Saramago y Goytisolo). Denuncia hasta avergonzar a todo aquel que atenta contra la cultura (ministros, editores, periodistas, Goytisolo…) y los condena siempre, con sorna, a penas imaginativas, retortocidas, crueles en algunos casos (como compartir cargo con Rosa Regás que ordena… para Goytisolo).
Pero lo que hace sobre todo es quitarle peso a los asuntos de peso y, de tanto reírse y hacer reír, ningunear precisamente a todos a los que se les consienten apaños impensables para cualquier otro, como a Goytisolo. No se corta en silenciar a Cesar Vidal pero absuelve a los críticos literarios que inventan; se enerva con Gamoneda pero deja sin cárcel a Jodorowsky. Sólo a veces da gato por libre Reig con feos modos: acusando a los amigos. Su condena debería ser no citar durante un mes a Martín Casariego o David Torres en ninguna de sus columnas.


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