‘Mirar al agua’, de Javier Sáez de Ibarra

3 de julio de 2009

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Creación en libertad

Si las cosas funcionasen de una manera medianamente lógica, este libro debería ser uno de los títulos destacados del año, uno de esos pocos afortunados que logran sobrevivir al envite de las novedades para ser recuperados después al final de curso, recorrer el camino de la recomendación y, más tarde quizá, ingresar en esa nómina algo azarosa de libros condenados a perdurar. La razón extraliteraria es que Mirar al agua fue el ganador del I Premio Internacional Ribera del Duero, es decir, se hizo con el galardón más alto con el que un libro de cuentos pueda soñar, uno de los certámenes mejor dotados del país y, tiempo al tiempo, uno de los más importantes, el que más en su categoría. Pero a esta razón se le vienen a sumar diecisiete razones puramente literarias. Las que arrojan estos dieciséis “cuentos plásticosâ€, como los subtitula el libro, y una más, el conjunto en sí: una verdadera exposición más que un libro, una feria de arte contemporáneo.

Como la crítica especializada en el campo del arte tiene más complicado que la literaria verse reducida a mera reseñista de los cuadros o a encontrar las faltas de ortografía de las instalaciones y performances, suele desarrollar, junto a su labor informativa, cierta actitud provocadora al cuestionar no sólo la obra, su técnica o su desarrollo, sino cada uno de los motivos que la han provocado y los que darán lugar a obras nuevas, poéticas diferentes. Y es gran parte de esa actitud la que Javier Sáez de Ibarra ha incorporado a sus cuentos, bajo un hilo conductor, además, presente pero al final no condicionante. Los relatos de Mirar al agua parecen seguirle la pista a un buen número de preocupaciones de los artistas plásticos y de la crítica que los analiza, para incorporarlos de una manera espectacular a la narrativa. Verá el lector cómo se cuestiona el papel de los objetos y su representación (narrativa), el significado y la función de producir imágenes (con palabras), o la importancia de asuntos como la representación de la belleza, la intervención política y el propio trabajo de creación en el espectáculo del que participa la literatura. Pero no debemos pensar que este es sólo un libro de intenciones intelectuales, en el que el autor trata únicamente de teorizar en torno a sus propias intuiciones, porque éste es un libro de historias, cuentos, narrativa y solamente narrativa, que además alcanza unas cotas de emoción y conexión con el receptor realmente altas. Ocurre que Sáez de Ibarra parece haber renunciado en sus textos a ser simple transmisor de una historia, o una recreación estética de ciertos hechos. ¿A cambio de qué? De ejercer la libertad más exagerada en su escritura, y para lograrlo, técnicamente, hará uso también de varios símiles pictóricos (las veladuras del estremecedor “Un hombre pone un cuadroâ€, el collage en “El disfrute de la palabraâ€, el ready-made, o el autorretrato -impresionante- del cuento homónimo). Un libertad que, como sabe todo creador, una vez alcanzada no tiene por qué significar triunfo. Sino más problemas.

En sus libros anteriores, El lector de Spinoza y Propuesta imposible, ya había mostrado Sáez de Ibarra esa entrega incondicional a la libertad en la creación, que le había granjeado el tímido asentimiento de parte de la crítica pero, quizá por su renuncia a las concesiones, un buen número de lectores decidió quedarse a un lado. Este es el momento de corregir los errores porque, redondeando esos mismos planteamientos y aportando aún más, Mirar al agua es una de las mejores cosas que le podía haber sucedido al cuento del siglo XXI.

Mirar al agua, de Javier Sáez de Ibarra. Páginas de Espuma. 192 págs. 15€

Publicado en la revista Mercurio, junio de 2009

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